No
hay nada más raro que una conversación incomoda. Si usted se
encuentra en medio de una, lo único que piensa es la manera de
evitarla y salir de ella lo más rápido posible. Si usted me conoce,
aunque usted no lo crea, a mi me gusta hablar con cualquier persona
que me de la oportunidad. Lo que significa que en ocasiones me he
metido en conversaciones incomodas de las cuales hago mil y un
malabares para salir de ellas.
A
veces uno crea esos momentos incómodos, en ocasiones, vienen con
naturalidad. Por ejemplo, la persona con mal aliento es la que te
habla más cerca; los que más hablan, son los que nunca se van; el
silencio se presenta cuando enfrente tienes a una persona importante
para ti; o la persona que menos te agrada es la más honesta en
decirte las cosas y revelarte algo.
Me
quedo con la ultima. ¿Le ha pasado que alguien le confiesa cosas muy
personales que usted preferiría no saber? Es increíble lo que la
gente le puede decir si usted le da la oportunidad; sin conocerlos
a fondo y sólo porque el canal de comunicación está abierto, usted
termina con la boca abierta pensando, “¡No puedo creer que me haya
dicho eso!”
Todo
eso me hace agradecer que Dios no nos prive del privilegio de hablar
con El, así como nosotros que escogemos con quién y bajo qué
condiciones hablamos. Seamos sinceros: espiritualmente hablando,
muchos de nosotros nos presentamos a hablar con Dios sin tomar en
cuenta las cosas que a Él le incomodan. ¿Y qué hacemos? ¡Pedimos!
¡Demandamos! Endulzamos el oído de Dios con peticiones y deseos,
sin considerar lo que Él piensa. Y con la misma rudeza con la que
nos presentamos, con esa misma facilidad nos despedimos diciendo,
“Como es Dios, lo tiene que cumplir.”
Dios
nos deja orar; nos escucha, y afortunadamente no se pone en pie para
dejarnos hablar solos. Pero solamente porque nuestra lógica nos dice
que Dios es Dios, y Su gracia es infinita, Su amor es verdadero, y
Sus promesas son eternas, no significa que no debamos mejorar la
manera en que nos acercamos a Él para hablarle.
La
oración no se fundamenta en palabrerío, sino en una consciencia de
lo que la Palabra y sus principios nos mandan; y si algo no enseña
la Palabra es que la oración es un momento oportuno para que los
Hijos de Dios se comuniquen con Su Padre y en ella puedan ser
ministrados. Sería trágico si nos presentamos ante facilitando
una conversación incomoda. Entonces,
mantenga éstas cuatro cosas presentes para fortificar su oración:
1. Confiese sus pecados. Usted debe tener en mente ante quién
se presenta en oración, y El no convive con el pecado. El Rey David
decía, “Si en mi corazón hubiera yo abrigado maldad, el Señor
no me habría escuchado” (Salmo 66:18). 2. Honre a Dios.
Y eso significa reconocer a Dios en todos sus atributos. Véalo de
esta manera: si usted conoce a su músico o atleta preferido, usted
alabaría sus virtudes y sus capacidades, al mismo tiempo que
reconoce que es su fiel admirador; justificaría su admiración. 3.
Pida con entendimiento. Somos expertos en pedir; lo hacemos
todo el tiempo. Pero mire como pedir es el tercer elemento
de la lista. Precedido por dos elementos que nos garantizan que Dios
encontrará deleite en nuestra oración, usted puede pedirle a quien
manifiesta Su voluntad para nuestra vida. 4. De gracias por todo.
A diario, lo pidamos o no, Dios nos bendice. De hecho, Santiago
1:17 nos dice, “Dios es quien nos da todo lo bueno y todo lo
perfecto” (BLS). Así que cuando ore, no se presente pensando que
Dios no le cumple; así como pide, así de gracias.
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