San Juan, conocido también como “el teólogo” dada la profundidad de su pensamiento al escribir a Gayo, un fiel creyente en el Asia Menor, expresa su deseo personal con las siguientes palabras: “Amado, yo deseo que tú seas prosperado en todas las cosas y que tengas salud, así como prospera tu alma” (3ª Epístola de San Juan Apóstol verso 2; Santa Biblia Reina Valera, revisada 1960).
El párrafo en cuestión contiene todos los elementos de un típico saludo de Navidad y Año Nuevo en nuestro tiempo. En esta época en que iniciamos el nuevo año todos nos deseamos, unos a otros, felicidad y prosperidad. Pero San Juan nos descubre en su carta la clave de la prosperidad. Para él, estaba asociada directamente al progreso del alma; es el resultado de un crecimiento interior y no la consecuencia de actos externos encaminados a la satisfacción del egoísmo.
Cuando lo pensamos bien, nos asombra la exactitud de la revelación recibida por San Juan: si el alma humana no prospera, si no crece en bondad, de poco le servirán todos los bienes terrenales y la salud no será parte de esos beneficios. A nadie le es extraño hoy el concepto de enfermedades sicosomáticas, es decir, aquellas que no tienen un origen orgánico sino emocional, afectivo, síquico. Los sentimientos y las emociones destructivas que se atoran en la atribulada sique del hombre moderno, producto de odios, envidias, egoísmos y tantos otros males similares, son la causa de que la salud no sea una de las cosas buenas que le dejará el año viejo.
Muchas personas se llenaron de regalos que apilados al pie del árbol, anunciaban dicha y felicidad. Pero pasados los escasos momentos de excitación que significó desenvolverlos, el vacío interior volvió sin que nada lo pueda llenar.
Sin duda, necesitamos que nuestras almas prosperen para gozar de todas las cosas y de la salud que podamos tener. Pero el alma, por su propia naturaleza, no se satisface con cosas, se alimenta ante todo, de Dios. Él es la fuente de todo lo bueno para nuestros angustiados corazones, el único que puede hacer prosperar nuestras almas.
Estas fiestas recién finalizadas no deberían ser tiempos de disipación alcohólica, accidentes automovilísticos, niños quemados por la pólvora y disparos al aire, símbolos todos de la falsa felicidad que provoca el embotamiento de los sentidos, sino la ocasión perfecta para asegurarnos una auténtica prosperidad y verdadera salud acordándonos de Dios y valorando nuestras almas como el lugar en donde se determina cuánta felicidad y prosperidad nos deparará el nuevo año.
Que Dios nos bendiga a todos y nos prospere en 2007, así como prosperan nuestras almas. |