| Una vez más celebramos la navidad, la noche aquella en que Dios se humanizó, se vistió de carne y hueso para culminar su propósito de redimir integralmente al hombre deshumanizado. En la Belén de hace dos mil años se marcaba a los esclavos en la cara, se comerciaba inescrupulosamente con la religión y los más fuertes sometían a los más débiles. A esa sociedad quiso Dios mostrarle su buena voluntad enviando a su unigénito a nacer en la tierra.
¿En qué sociedad nacerá el niño Dios este 2006? En una sociedad cada día más ingobernable, en la que peleamos todos contra todos, y donde, hasta en los círculos más piadosos, se evidencia la práctica habitual de toda clase de vicios, corrupción, odios y egoísmos fraticidas. Es esa sociedad la que convertirá la fiesta navideña en una aventura comercial materialista llena de regalos, comida y fiesta que en nada contribuirán a hacernos mejores ciudadanos.
La demanda común en esta época es reclamar el valor espiritual de la navidad por lo cual muchos la celebrarán congregados en sus iglesias, cantando a Dios y levantando las manos delante del Altísimo. Sin embargo, cuesta creer que se pueda consumar el acto espiritual sin que Dios haya pasado por nuestro lado humano.
Hoy como nunca, nuestra sociedad está llena de iglesias y opciones religiosas múltiples y variadas, pero el reporte diario de nuestras actividades cotidianas indica que no son significativos los resultados que está rindiendo tan entusiasta actividad religiosa. Hablamos de la corrupción en el país olvidando que el corrupto vive hasta que el corruptor existe ¿acaso no seremos nosotros mismos los corruptores de tanto corrupto que anda suelto por nuestra sociedad?
Parece que se nos olvida el lado humano de la navidad, que Dios no sólo quiere cambiarnos espiritualmente sino también humanamente. Es necesario que ante el Dios humanizado nos sintamos impelidos a humanizarnos nosotros también, a amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos y a no hacernos injusticia unos a otros. Pretendiendo habernos ya super-espiritualizado nos hemos deshumanizado exactamente igual que la Belén de hace más de dos mil años. Las multitudes compraban y vendían, comían y bebían, bailaban y cantaban, totalmente entregados a una inusitada época de buenos negocios gracias al censo ordenado por Augusto César. Mientras tanto, el niño nacía en un pesebre y nadie lo supo. ¿Nacerá el niño otra vez sin que nadie se de cuenta? |