Ciertamente y lejos de todo lo que con anterioridad se haya creído o supuesto, la avaricia es la fuerza motora de toda empresa comercial hoy en día. Hábilmente, la tan vilipendiada avaricia organiza el conocimiento científico, aprovecha la tecnología y los recursos naturales y humanos, manipula las preferencias del mercado y determina las modas, todo a fin de satisfacer su insaciable apetito por las ganancias.
Quienes lo consideran un vicio le recriminan ser la causante del consumismo reinante olvidando que sólo el consumo masivo puede sostener el actual engranaje económico mundial. Voces indignadas se levantan reclamando austeridad generalizada, exigiendo que el hombre moderno deje de correr tras la fascinación de las ofertas y los descuentos que lo llevan a comprar tantas veces, cosas o artículos que no necesita y que quizá nunca va a utilizar.
Pero, pensándolo bien, el día que tal propuesta triunfe, la economía experimentará una grave contracción que a su vez traerá más desempleo puesto que a menos consumo menos producción y a menos producción menos trabajo. Si todos dejamos de comprar, todos nos veremos afectados por esa decisión.
Pero vale la pena hacer una diferencia entre consumo y consumismo. El consumo es una compra razonada y planificada que incluye el sentido de inversión, tal es el caso de la adquisición de bienes raíces, gastos en educación, ampliación de un negocio o compra de maquinarias o tecnología que impulsarán la productividad de cualquier actividad empresarial, académica o comercial. Sus mayores beneficios, en la mayoría de los casos, no se experimentarán inmediatamente pero serán durables y permanentes, incluyendo un sentido de realización en la persona que lo practica al mismo tiempo que fortalece y desarrolla el comercio y la empresa del país.
El consumismo por el contrario es la compra compulsiva, generalmente el escape de la dura realidad, la evasión placentera de la angustia existencial que provocan los problemas cotidianos. Retribuye los sentidos de manera instantánea en el simple acto de obtener algo nuevo que no se tenía, pero sus efectos serán efímeros e insignificantes después de algún tiempo. Por otra parte, siendo gastos de impulso y no programados, generalmente llevan apareado el endeudamiento en muchos casos impagable en el sentido de que usando las tarjetas de crédito se asumen compromisos sin contar con los recursos suficientes para respaldarlos aumentando al final la angustia de la cual se pretendía escapar.
El fenómeno económico que se puede palpar en el país es aflictivo pues los millones de dólares que nuestros hermanos en el extranjero envían día con día son carne de cañón para el comprador compulsivo generando dos grandes males: la irresponsabilidad laboral de los beneficiarios que viven atenidos a la ayuda de sus familiares y la apariencia de auge económico en el país que podría finalizar de un momento a otro en la medida en que los compatriotas asumen sus crecientes compromisos en el extranjero o la crisis mundial les va negando los recursos para mantener la ayuda que han estado enviando hasta hoy.
El salvadoreño en El Salvador necesita poner los pies en la tierra y comprender que no se puede vivir de ilusiones, que es necesario encarar la realidad nacional y asumir un papel responsable ante ella consumiendo con visión de futuro y no comprando para vender en el mismo acto su estabilidad financiera y el progreso económico del país. |