“Cuando sities a alguna ciudad, peleando contra ella muchos días para tomarla, no destruirás sus árboles metiendo hacha en ellos, porque ellos te darán de comer; y no los talarás, porque el árbol del campo no es hombre para venir contra ti en el sitio” (Deuteronomio 20:19)
Hace solo un par de años Europa ha enfrentó una de sus peores tragedias: miles de personas han murieron a causa de la ola de calor producto evidente del abuso ecológico de la sociedad moderna. La “muerte anunciada” que los escasos defensores de la tierra nos anticipaban había llegado. Semejante cantidad de víctimas ante un fenómeno natural resulta típico de la realidad tercermundista pero hoy impactó la misma esencia del desarrollo y el postmodernismo. Mientras los franceses siguen evaluando aquella tragedia, en nuestro pequeño país, uno de los más deforestados del mundo, se anticipa un nuevo crimen: la destrucción del Espino.
En el afán de proveer al país de mejores carreteras que contribuyan al progreso y desarrollo nos estamos entregando a la muerte. Sabemos lo que significa terminar con los escasos pulmones que todavía quedan en el país pero nuestro pensamiento mercantilizado pretende creer que bien vamos a vivir con mejores carreteras aunque no tengamos agua.
Cuánta verdad hay en las palabras que citamos en el encabezado de esta nota: los árboles nos dan de comer. No sólo sus frutos pero también la continuidad de las estaciones, un aire menos contaminado y un clima menos anárquico. Además, el talar los árboles es un acto de necedad y cobardía por cuanto ellos no pueden defenderse y no son nuestros enemigos. Por el contrario, si nosotros no los defendemos están desamparados.
Este asunto del Espino representa una buena oportunidad para que los diferentes partidos, a través de sus representantes, no den una muestra de que están interesados en un cambio positivo para El Salvador, iniciando por presentar iniciativas que terminen con este mal entendido pragmatismo, pues ganamos en obras físicas pero perdemos el primer sustento de la vida que es la tierra misma. Si el actual presidente quiere gobernar para todos que comience por interesarse en el bienestar de todos, que comience a enseñarnos que no podemos seguir viviendo atacando la urgencia presente mientras perdemos el futuro.
Ciertamente lo que el futuro nos depare dependerá de cómo manejamos nuestro presente, única dimensión del tiempo que nos pertenece y que podemos, meridianamente, gobernar. En nuestro pasado quedan las barbaridades cometidas en contra del medio ambiente, la cobarde depredación de los bosques en nombre del desarrollo y el progreso, ya no lo podemos cambiar. Pero hoy, en nuestro confuso presente, podemos sentar las bases de un verdadero cambio con visión de futuro que nos permitan, por primera vez, dejar de caminar por la senda de la especulación y comenzar a transitar en el camino coherente y realista hacia un verdadero futuro, de abandonar la filosofía empobrecedora de “abrir un hoyo para tapar otro” disfrazando la miseria nacional de un aparente progreso que sólo nos afirma en el camino hacia la extinción. |