El Distrito Escolar Unificado de Santa Ana, California, ha propuesto para el próximo año un programa de Educación Sexual que ha provocado una intensa polémica entre los padres de familia de esta ciudad. Por una parte, están aquellos que consideran que el plan proveerá a los estudiantes de todos los conocimientos necesarios acerca de enfermedades de transmisión sexual, homosexualidad, masturbación y sobre todo, prevención del embarazo.
Uno de los miembros del referido distrito escolar argumentó que Santa Ana tiene un número dos veces mayor que el resto de la nación en cuanto a embarazos juveniles. Tal afirmación despertó el apoyo de muchos padres al mencionado proyecto. Por el otro lado, hay quienes aseguran que una vez puesto en práctica, el proyecto sólo logrará aumentar el libertinaje sexual lo cual de ninguna manera beneficiará a los jóvenes escolares.
En nuestro país se producen similares tensiones alrededor del tema de la educación sexual en las escuelas y colegios sin que parezca posible llegar a un acuerdo en cuanto a su conveniencia o eficiencia en el sentido de preparar a los jóvenes estudiantes a afrontar los riesgos que implica el despertar a la sexualidad y la amplia gama de oportunidades y posibilidades que para su satisfacción encuentra el estudiante promedio en el mundo de hoy.
Parece que el problema reside en la forma inexacta o falta de elaboración con que el programa aborda el concepto “educación”. Educar es un proceso compuesto al menos, de dos elementos: información y orientación, el primero eminentemente académico, el segundo, ético. Desde esta perspectiva, educar significa mucho más que trasladar la información acerca de cualquier tema, en este caso la sexualidad humana. En los tiempos en que vivimos informarse acerca de casi cualquier tema que se nos ocurra es sólo cuestión de buscar la dirección adecuada en Internet y ante nosotros se despliega, en un instante, todo un universo de información que lamentablemente incluye puntos edificantes al respecto y también aspectos desmoralizadores y hasta perversos que están a disposición del que investiga.
Tener la capacidad de discernir entre unos y otros es una habilidad que debe ser provista por una educación integral, cuyos fundamentos arranquen del sustrato natural en que todos nos movemos y vivimos en el mundo actual. Es necesario reconocer aquí, que la pornografía y todas las formas de perversión sexual están a la distancia de apretar una tecla en el computador y que aún aquél que busca información responsable y científica correrá el riesgo de tropezar con una de estas direcciones dedicadas a la difusión masiva de las peores formas de inmoralidad sexual.
Esto nos lleva a considerar la segunda parte del proceso educativo que llamamos “orientación” y que es la suma de valores que han de regir y delimitar el uso de la información a fin de que ésta no se vuelva en contra del que la conoce sino que obre a favor de su bienestar y exitosa realización personal. El problema es que las escuelas no desean hablar de valores reduciendo el acto de educar a sólo una de sus partes: la información.
Orientar la vida sexual del estudiante es en realidad nuestra más grande urgencia, y orientar significa, en este caso, involucrar sentimientos, valores familiares, morales y religiosos, proponer una perspectiva más ética de la sexualidad tan desmoralizada que se practica hoy en día. Las escuelas deben asumir una posición iluminadora en el oscuro panorama de libertinaje que priva en el mundo de hoy a la hora de conocer acerca de la sexualidad humana, deben educar pero sobre todo orientar el conocimiento hacia la superación integral del estudiante. No se trata de cuidar solamente el cuerpo, también está incluida el alma que es, precisamente, la esencia del ser humano. |