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SAN SALVADOR - 06 Sep 2010 / 09:05 pm

Editoriales


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La culminación de las fiestas agostinas
07/08/2006    Autor: Humberto Cabezas
 

San Salvador se llenó de fiesta. La semana pasada marcó un período de vacación más en homenaje al Santo Patrono de la Ciudad: Jesús el Salvador del Mundo. Su momento culminante se produce, desde hace más de cuatrocientos años, en la tradicional “Bajada” estampa que recrea el relato bíblico en el que Jesús, acompañado de dos de sus discípulos, subió al Monte Tabor y en un instante sobrenatural dejó ver su divinidad oculta, escondida,  tras su apariencia de hombre común y corriente. En el arrebato  de aquel instante los acompañantes del Maestro sugieren que se queden allá arriba, que se construyan enramadas para Jesús, para Moisés y Elías, que también aparecen en la resplandeciente visión, a fin de no tener que regresar a la complicada realidad de la vida  cotidiana. Jesús piensa diferente y les indica el descenso. Una vez que llegan al valle encuentran a un padre que rogaba por la salud de su hijo demente. Esta era la razón para descender, el Salvador había venido para participar de las aflicciones del hombre y darle respuesta a las mismas. 

Los salvadoreños ya subimos, simbólicamente, al monte de la transfiguración, ahora tenemos que regresar cada uno a luchar por la superación del país. El presidente y autoridades de gobierno que fueron partícipes de primera línea  en la celebración deben bajar nuevamente a la gente de a pie, a esos estratos de la sociedad salvadoreña que se debaten en la desesperación del desempleo, la inseguridad en las calles, la lucha contra las maras, la explotación de la niñez desvalida y ahora, la amenaza terrorista. 

Esta fue la razón del descanso agostino, renovar fuerzas para seguir en la lucha por construir un El Salvador mejor, más seguro y menos injusto. Pero todo esto no sucederá si antes no se produce una transfiguración interior en cada ciudadano. En el obrero, el oficinista, el profesional, el político, el líder religioso, a fin de que el cambio interior transfigure nuestra conducta diaria.

Pretender que la simple asistencia a la Bajada hará de nosotros algo mejor es risible. Lo que nos puede cambiar es la cabal comprensión del mensaje que aquel milenario hecho histórico encierra: bajo la apariencia subyace la verdad de cada uno. Así, personas aparentemente honradas se descubren ladrones; individuos adornados de las más admirables dignidades se muestran corrompidos por los odios, la envidia o la avaricia; líderes llamados a fortalecer la  gobernabilidad del país lo vuelven ingobernable con sus demandas demagógicas y anteponiendo sus intereses partidarios a los intereses nacionales. Al bajar del monte encuentran al pueblo que clama por respuestas y no tienen nada que ofrecerle. 
 
Dios quiera que los efímeros instantes de recogimiento que provocaron los actos religiosos de estas fiestas dejen una motivación nacional que nos impulse a todos a ser mejores salvadoreños, dignos representantes de nuestro Patrono.





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