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SAN SALVADOR - 05 Sep 2010 / 12:30 am

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Homosexualidad: rol y modelo social
03/08/2006    Autor: Humberto Cabezas
 

Uno de los temas más candentes de este tiempo es el de la homosexualidad. La cultura de tolerancia, por hoy deseada y apreciada en todo el mundo, exige que quienes la practican sean aceptados en la sociedad sin discriminación alguna por causa de su “preferencia sexual”, eufemismo con el que se pretende desestigmatizar la conducta homosexual. 


El tema, dotado de una formidable complejidad, exige ser tratado con cuidado y reconociendo que todavía no es tiempo de conclusiones pero sí de aproximaciones que nos permitan plantearnos los alcances de la propuesta que demanda, al parecer mayoritariamente, que los homosexuales sean aceptados y respetados en su decisión de vivir como ellos prefieran siempre y cuando su conducta personal, privada e íntima, no afecte negativamente a sus semejantes. Hasta aquí todo parece marcar un proceso lógico y naturalmente propio de una época progresista que derrumba tabúes, creencias y supersticiones para las que ya no hay espacio en el mundo moderno. 


Pero deteniéndose a pensar en la premisa antes expuesta encontramos serias dificultades para determinar si realmente la preferencia sexual personal de cada quien no afectará a los demás. Una situación hipotética parece derribar tal argumento. Supongamos que un padre, definido heterosexual, envía a su hijo a la escuela y descubre que el maestro o maestra  de su heredero es homosexual (situación que será común y natural en los próximos años y sin duda alguna ya presente en muchos lugares) Seguramente que al padre de familia esto no le afectará, sobre todo si se considera lo suficientemente evolucionado para no escandalizarse por una situación como la planteada. Pero, ¿podrá decirse lo mismo del niño? A diferencia del padre el vástago no está definido en su rol sexual, lo irá elaborando en la medida en que transita por la existencia y gran parte del mismo se formará con el aporte de su entorno, con el modelo de sexualidad que los adultos le proyecten. 


De todos es sabido que los niveles de influencia por parte de los educadores alcanzan su mayor expresión en los primeros años de la experiencia escolar. El jardín de niños, la preparatoria, y los primeros tres años de primaria podrían ser considerados con justa razón como los “años de la intimidad” entre educador y educando. A fin de ganarse la confianza del niño y ayudarle más y mejor, los maestros de estos niveles comparten su vida con los alumnos. Hablan de sus esposos(as), padres, hijos, hermanos, saben que tienen que conocerse a fin de comunicarse. No existiendo ninguna razón para que el educador oculte su papel sexual en la trama de su vida personal,  por cuanto es su derecho inalienable a revelarlo y compartirlo sin esperar por ello rechazo de nadie, seguramente que su modelo de vida llegará, íntegro, al conocimiento del niño. Lo que estos hechos plantean es que, para el infante de hoy, el espectro del rol sexual implicará una expansión enorme que lo llevará a aceptar como posibilidades probables de vida sexual el homosexualismo. Desde esta posición, ¿se podrá sostener que la “preferencia sexual” es cuestión privada y particular de cada uno sin que afecte a los demás?





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