Fue Isaías, conocido como el Príncipe de los Profetas quien pronunciara las palabras que titulan esta reflexión. El pensamiento completo dice: Y el efecto de la justicia será paz; y la labor de la justicia, reposo y seguridad para siempre. (Isaías 32:17)
Obviamente para el profeta la paz no se hace por decreto, es resultado de una actitud nacional. Aunque su mensaje profético está en muchas partes dirigido a la clase gobernante, en realidad denuncia la responsabilidad de todos en el estado de calamidad institucional en que se encontraba la nación. Los gobernantes eran corruptos al igual que los sacerdotes, el pueblo estaba lleno de borrachera, homosexualidad y lesbianismo y desprecio por la vida. Para aquel vocero de Dios la situación de Israel era responsabilidad de todos.
Nuestro país fue conmovido, una vez más, por la violencia de la sinrazón, amenazando con involucionar el incipiente proceso democrático en que está inmerso desde la finalización de la guerra. Las fuerzas de izquierda justifican todo asegurando que el gobierno la propicia con la injusticia en materia económica, laboral y falta de equidad en el uso de los recursos nacionales. Aunque hay verdad en eso, no toda la culpa recae en el gobierno. El país es lo que todos los ciudadanos hacemos de él, la sociedad se compone y se expresa con lo que cada ciudadano aporta al quehacer cotidiano y en nuestras actividades cotidianas todas, reina la injusticia.
Todos nos hacemos injusticia a todos, nos rige el principio de sacar ventaja de los demás cueste lo que cueste. La urgencia por sufragarnos una clase de vida que en muchos casos no podemos pagar nos lleva a cruzar la línea de lo justo y lo injusto; el deseo de tener lo que otros tienen nos llena de envidia y con eso ya están puestas las bases de la injusticia generalizada. Considerar al gobierno como el responsable único de toda la violencia desatada en el país es reducir el gran problema de la maldad humana a una simpleza risible que no puede tener otro objetivo que justificar lo injustificable.
Nada justifica que el ser humano siga depravándose en todos los órdenes aduciendo progreso, modernidad, desarrollo y libertad. La paz no es resultado de decretos o acuerdos, ni mucho menos la consecuencia natural de la prosperidad material, es resultado de actitudes asumidas por un conglomerado que se sabe errático en su forma de vivir y se decide a adoptar los cambios necesarios que encausen su vida por el camino de la paz con justicia.
Ninguna sociedad será transformada por decretos sólo Dios puede reorientarla hacia el bien, alejados de Él, los hombres nada somos y seguimos malignizándonos cada día más alejando la paz y sus dichosas consecuencias de nuestra realidad.
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