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SAN SALVADOR - 05 Sep 2010 / 12:42 am

Editoriales


Editor
Un Reclamo a Dios
12/07/2006    Autor: Edgardo Montano
 

El miércoles 5 de Julio de 2006, quedará grabado en la mente de miles de salvadoreños, como el día en el que afloraron los recuerdos más amargos, dolorosos y frustrantes de casi dos décadas de violencia social en El Salvador. Aquellos que fuimos estudiantes universitarios en la década de los setenta, revivimos imágenes de jóvenes masacrados sobre la 25 avenida norte como producto del enfrentamiento entre universitarios y miembros de la Guardia , Policía Nacional y de Hacienda.

Sin embargo, aunque los hechos del pasado y del presente son iguales en cuanto al grado de violencia desatada, hay diferencias muy marcadas. Antes, los estudiantes éramos los “buenos” y los cuerpos de seguridad los “malos”; los estudiantes corríamos huyendo de los que llamábamos “cuerpos de represión”, quienes disparaban con armas de grueso calibre y eran responsables de los heridos, muertos y desaparecidos. En aquellos tiempos, el gobierno intentaba dar explicaciones a su actuación con el fin de salir olímpicamente bien librados de culpabilidad; por supuesto, casi nadie les creía. Corresponsales extranjeros con evidencias fotográficas, de video o por simple observación desvirtuaban cualquier argumento falaz del gobierno, del Ministerio de Defensa o del director de algún cuerpo de seguridad de aquella época.

Esta vez fue diferente. Quienes se convirtieron en los “malos” fueron los dizque “estudiantes”; ellos fueron los que hicieron huir a los policías, los que utilizaron armas de grueso calibre, quienes mataron a dos jóvenes servidores públicos; los disparos que ocasionaron muertos y heridos vinieron del grupo de manifestantes sobre los agentes de la UMO que respondían con balas de hule.

En esta ocasión los papeles se han invertido; son otros quienes no han logrado dar respuestas convincentes acerca de la actuación de algunos de sus militantes; hoy, la evidencia captada por los reporteros se ha vuelto en contra de ellos y no logran convencer a propios y extraños.

El cíclo de violencia se está repitiendo de nuevo, parece ser que apenas logramos salir de una cuando caemos en otra. Ante el aumento de la violencia e inseguridad ciudadana, muchos le habrán preguntado  en tono de reclamo a Dios ¿hasta cuándo? ¿es que no quieres escucharnos? ¿es que tus oídos están cerrados para no oír? Estas preguntas que en su desesperación muchos salvadoreños le han hecho a Dios no son una blasfemia. Es el mismo reclamo que Dios escuchó de labios de uno de sus siervos, quien viviendo en medio de un país desgarrado buscó una explicación al silencio de Dios. Fue el profeta Habacuc de quien leemos las siguientes palabras en el capítulo 1 de su libro:
 

“Señor, ¿hasta cuándo gritaré pidiendo ayuda sin que tú me escuches? 
¿Hasta cuándo clamaré a causa de la violencia sin que vengas librarnos?

¿Por qué me haces ver tanta angustia y maldad?  Estoy rodeado de violencia y destrucción; por todas partes hay pleitos y luchas. 
 No se aplica la ley, se pisotea el derecho, el malo persigue al bueno y se tuerce la justicia.”

Pero no solamente Habacuc tuvo ese conflicto con relación a la violencia y el sufrimiento, también lo experimentó Job y los salmitas David y Asaf.

¿Cuál fue la respuesta de Dios?

La misma que para nosotros: “y si mi pueblo, el pueblo que lleva mi nombre, se humilla, ora, me busca y deja su mala conducta, yo lo escucharé desde el cielo, perdonaré sus pecados y devolveré la prosperidad a su país.” II Crónicas 7:14 (Dios Habla Hoy)

¿Le hemos reclamado a Dios por que no vemos que cesa la violencia, la inflación, la corrupción, la destrucción, la maldad y porque cada quien interpreta la ley a su favor? Dios nos escucha y no nos reprende por semejante osadía; no necesita reprendernos, basta con que no le obedezcamos y continuaremos sufriendo las consecuencias de nuestra desobediencia. Antes que seguir reclamándole a Dios, mejor ¡arrepintámonos y volvámonos de nuestros malos caminos!.





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