Más de ciento sesenta y seis mil personas se aglutinaron en una marcha que conmocionó la ciudad de Madrid el pasado sábado 18 de Junio. La protesta fue convocada por el Foro de la Familia y respaldada por el Partido Popular y la Conferencia Episcopal, órgano de gobierno de la Iglesia Católica española, entidades todas que le confirieron peso y significancia internacional a la protesta.
En suma, la multitud defendía el orden natural de la familia lo cual quedó expresado en su lema: “La familia sí importa. Por el derecho a un padre y una madre”. Obviamente los marchantes consideran que autorizar las bodas entre homosexuales y lesbianas y el proyecto de concederles el derecho a adoptar niños para formar “familias felices y normales” como cualquier otra, va en contra del orden natural de la familia.
En nuestra cultura tales prácticas resultan difíciles de aceptar y se consideran, en muchos casos, lo peor de lo peor. Pero deteniéndonos a pensar desapasionadamente sobre el tema descubrimos que tales prácticas no son sino aberraciones de la conducta que ciertamente alteran el orden natural de la sexualidad. Sexualmente hablando, sólo un hombre y una mujer están naturalmente equipados para experimentar una total y absoluta correspondencia anatómica a la hora del sexo, sus organismos están preparados para proporcionarse recíprocamente la retribución placentera del sexo. Las causas de tal desvío serán múltiples y objeto de estudio de los especialistas de la conducta pero deberían partir del hecho de que quienes la practican han alterado el orden natural de la sexualidad.
A la luz de la Santa Biblia, la homosexualidad y el lesbianismo son tan condenables como la borrachera, la violencia y el chisme, y todas traerán dolorosas consecuencias a la sociedad que se llena de ellas, es decir que tales prácticas no se consideran pecados de mayor gravedad que cualquier otro de los que se cometen sin atribuirles ningún sentido extraordinario de perversión, por ejemplo: la borrachera. Un primer paso en el tratamiento del complejo problema de la homosexualidad y el lesbianismo es reconocerlo tal como es: antinatural, anárquico y contraproducente para el buen desarrollo de la vida en sociedad y específicamente de su núcleo central: la familia. No será nada fácil para un niño adoptado por una pareja gay o lesbiana explicar o entender que papá y mamá pertenezcan al mismo sexo dejándole a él incapaz de descubrir y elaborar su propia identidad sexual en un modelo familiar en el cual, el sexo, y por ende el rol de padre y madre, no están claramente diferenciados.
Las sociedades que pretendan otorgar reconocimiento legal a este tipo de uniones están abandonando a estas personas a su suerte. Quienes en realidad los aprecian como seres humanos son aquellos que les hacen ver su extravío y les proponen una recuperación y aceptación del papel que naturalmente les ha tocado jugar en esta vida, que les instan a recuperar su identidad como hombres o mujeres dentro del orden natural en el que todos nos movemos. La comunidad homosexual debería considerar quién les ama y les respeta más: los gobiernos que a cambio de votos les autorizan su manera de vivir o las organizaciones, personas o comunidades que les proponen la restauración de su dignidad como seres humanos y el retorno de su extravío. No se trata de condenar sino de ayudar, no se trata de abandonar sino de solidarizarse sobre la base de la verdad. |