Zinedine Zidane despertó la simpatía de muchos hinchas del fútbol, aunque no necesariamente seguidores de la selección francesa. Algunos de nosotros para los cuales el Mundial de Fútbol terminó antes del 9 de Julio con la eliminación de Argentina, Brasil, España u otro país, volcamos nuestra simpatía para este deportista que había demostrado, caballerosidad, humildad y espíritu de trabajo en equipo. Su actuación en cada partido venía de menos a más; cada vez que saltaba a la cancha la pregunta obligada era ¿será éste el último partido de su carrera futbolística? Y asombrosamente, Francia avanzaba a la siguiente ronda hasta que supimos cuál definitivamente sería el último juego de Zizou: la gran final contra Italia. ¡Qué mejor ocasión para retirarse con gloria¡ Y estuvo a pocos minutos de lograrlo hasta que llegó la prueba al minuto 109 cuando perdió el control y con ello la gloria misma. Ante la provocación de un jugador italiano, Zinedine le propinó un cabezazo lo cual le valió tarjeta roja directa y la expulsión. A la hora de los jugadres de la selección francesa subieron al podio a recibir sus medallas de subcampeones, ZIzou brilló por su ausencia, solamente él sabe si declinó el premio por vergüenza, por ira o por arrepentimiento. Lo cierto es que un cruce de palabras echó a perder una despedida única en los anales del fútbol.
Perder el control y así perder buenas cosas en la vida no es algo del otro mundo. Todos estamos expuestos. En un arranque de ira, muchos han perdido buenos empleos o la posibilidad de un ascenso; otros han perdido una buena pareja, ya sea en el noviazgo o en el matrimonio; muchos incluso han perdido su vida y han arrancado la vida a otros. Tan común es perder el control que Dios nos ha dejado palabras de advertencia en la Biblia. Dice Santiago 1:19-20 “Recuerden esto, queridos hermanos: todos ustedes deben estar listos para escuchar; en cambio deben ser lentos para hablar y para enojarse. Porque el hombre enojado no hace lo que es justo ante Dios.”
Esto quiere decir que cuando nos enojamos al punto de perder el control, hacemos o decimos cosas de las cuales después nos arrepentimos; en muchas ocasiones el costo que debemos pagar es alto.
En una final del mundial de fútbol, Zinadine debió haber estado listo para escuchar todo tipo de improperios, debió haber sido lento para enojarse y debió evitar reaccionar haciendo lo que no es justo. Hay reglas de juego que deben respetarse. No es una insensatez pensar que de no haber perdido el control, quienes estarían celebrando serían los franceses.
Mantengamos presente este triste ejemplo y el consejo de la palabra de Dios la próxima vez que estemos a punto de perder el control en un arranque de ira. Para nosotros no significará la pérdida de gloria o de un título, sino la pérdida de reputación, de trabajo, de amigos o de familia. Perdemos el control y lo perdemos todo, guardamos el control y preservamos todo. |