Lectura Bíblica: Mateo 5:4; Salmo 51
Hay muchas palabras usadas en el Nuevo Testamento que describen el lamento, y Jesús hace uso de una de las más intensas cuando la menciona en Mateo 5:4. El está describiendo una expresión poderosa y continua como segunda Bienaventuranza. Aquella que se expresa en forma de angustia. Lo que levanta la pregunta, “¿Y cómo va a ser eso bendición? ¿Eso quiere decir que puedo estar tan triste que estoy feliz?”
Pues, más o menos. Hay una serie de placeres que sólo vienen a través del dolor. Si no estás sediento, no disfrutarás tomar un refresco heladísimo. Pero si acabas de terminar de correr 15 kilómetros sin parar, vas a amar cada gota de esa bebida. Si te sientes estresado, un masaje en tu cuello suena a bendición. Hasta un banquito suena a bendición cuando has estado parado todo el día. Una estirada trae alivio después de 8 horas de viaje en carro.
Y el perdón trae alivio luego de que el pecado ha sido correctamente lamentado. Ese es el secreto detrás de la segunda Bienaventuranza. No significa que llorar es una experiencia de gozo y felicidad, lo que sucede es que da paso al alivio.
No se puede alcanzar a Dios de otra manera. Bienaventurados aquellos que lloran su pecado, porque ellos, y sólo ellos recibirán alivio.
Cómo Llorar Nuestro Pecado
1. CULPA. Muchos sabemos cómo funciona esto de la culpa. Se le puede atribuir a cualquier cosa…al padre, al perro, a la naturaleza, a sus genes…menos a uno mismo. Pero para poder deshacerte del pecado, y experimentar la riqueza del perdón de Dios, debemos reconocer que es nuestra culpa. ¿Tus pecados son culpa de quién…? ¡tuyos! Al confesar sus pecados, David le dijo a Dios, “Conozco mis transgresiones, y mi pecado está siempre presente…He pecado y hecho lo malo delante de ti…Claro que nací pecador, pecador desde el momento en que fui concebido” (Salmo 51:3-5). David sabe de quién es culpa el pecado.
2. IDENTIFICA. En el centro de una confesión y del arrepentimiento se encuentra el lamento, un pesar por nuestros pecados. Debemos hurgar entre lo más profundo de nuestros corazones y buscar la envidia, el egoísmo, orgullo y el odio que alimentan nuestras acciones. Por eso es que David dice, “Mi pecado está presente” (Salmo 51:3). Fue lo suficientemente maduro para mirar en su interior honestamente.
3. SUELTA. David continua diciendo en el Salmo, “Lávame…límpiame…esconde tu rostro de mis pecados…purifica todas mis iniquidades…y no me alejes de tu presencia” (Salmo 51:7-11). David llegó a un punto en su vida en el que de lo único que estaba convencido era que se había distanciado de Dios. Estaba quebrantado. No había nada que quisiera más que un corazón limpio y una relación restaurada. Ese sentimiento es clave para deshacerte del pecado.
4. CREE. “El sacrificio que te agrada es un espíritu quebrantado; tú, oh Dios, no desprecias al corazón quebrantado y arrepentido” (Salmo 51:17). ¡Créanlo! Dios ama perdonar al pecador. Se acerca a ellos y habita con ellos. En Isaías 57:15 Dios dice, “Yo habito en un lugar santo y sublime, pero también con el contrito y humilde de espíritu, para reanimar el espíritu de los humildes y alentar el corazón de los quebrantados.”
¿Hay algo en tu interior que debes confesar a Dios? ¿Puedes esperar que el Espíritu de Dios te vaya a aliviar en tu lamento? Ya es hora de dejar la tristeza originada en el pecado. Ya admitiste que es tu culpa, ya identificaste la fuente y ahora se lo confiesas a Dios. Una vez das ese paso, ¡saborea la felicidad que Dios otorga! |